Jacqueline Arenal Farré. Foto: Jorge Alfonso Pita / Revista Alma Mater.

En la calle todavía la llaman Verena. La mirada verde y tempestuosa de la heredera de Lucio Contreras — Rogelio Blaín — es difícil de olvidar. Aunque ya Jacqueline Arenal Farré era conocida en Cuba por dramatizados como De tu sueño a mi sueño y La botija, y por su protagónico en el largometraje de Humberto Solás, El siglo de las luces; fue la telenovela Tierra brava la producción que la conectó con la generalidad de la teleaudiencia cubana.

De ese rol antagónico no se ha podido desembarazar, y tal vez nunca lo haga. Ella lo ha asumido para bien. “Yo soy Verena”, resalta, y tal vez, entre otras varias cualidades, un punto común entre actriz y personaje sea su condición de ser lanzada y tomar riesgos, algo que roza con la determinación de uno de los amores de Nacho Capitán — Fernando Hechavarría.

Con una sólida carrera en cine, teatro y televisión, Colombia ha acogido la mayoría de sus personajes en los últimos 15 años. En su ADN actoral, confiesa, prevalece “el salto al vacío” que significa moverse y explorar en pos de personajes interesantes y contrastados, donde quiera que estén.

De las máximas que ha ido acumulando en su nada desdeñable experiencia profesional y de vida, destaca dos: “Me gusta trabajar con gente joven. No se me olvida que yo fui joven alguna vez y necesité que mucha gente me ayudara. A veces, cuando los actores están medio consagrados, lo olvidan”.

La segunda, aprehendida bien temprano de su madre — cuando en una ocasión la rigurosidad del ballet sobrecogió a la pequeña aprendiz de piruetas y variaciones — la ha extrapolado a las demandas físicas y emocionales del ejercicio de la actuación: “Esto es los pies y el corazón sangrando, y la sonrisa en los labios”.

Capítulo I: La génesis y el todo

Jacqueline creció, literalmente, en un ambiente artístico. Las responsabilidades de Marta Farré — su madre actriz — y de Humberto Arenal — su padre escritor y director de teatro — contribuyeron a que realizara las tareas escolares sentada en un escenario. Mientras resolvía ecuaciones o conjugaba tiempos verbales, le llegaban de fondo parlamentos de obras teatrales.

Sus padres fueron los responsables de que desarrollara infancia y juventud en un hogar creativo, alegre y amoroso. “Ellos son la génesis. Yo antes creía que todos los niños eran felices y tenían familias felices, ahora aprecio todavía más ese privilegio”, evoca. Para Jacqueline, en su existencia, Marta y Humberto llenarían la inmensidad de la palabra “todo” si los acompañaran otra Marta — su hermana Marta Díaz — y una Camila — su hija.

Los primeros libros que leyó llegaron de las manos de Humberto, y de Marta le quedan como lecciones perpetuas la pasión en cada proyecto. Ambos moldearon al ser humano que ha llegado a ser, en cuestiones que ella misma señala como claves, y que forman parte del ámbito de la ética, la amistad, la familia y la entrega sensible al arte, en su significado más general y abarcador.

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Aunque la actuación parecía ser el camino natural a seguir por la pequeña Jacqueline, su infancia y adolescencia transcurrieron entre pasos de ballet. ¿La culpable?, pues la música clásica. Su padre la llevaba al Teatro Amadeo Roldán, cerca de la casa, a escuchar a la Sinfónica. Al percatarse de la conexión entre esta y el ballet, decidió ser bailarina en lugar de actriz.

“Dejé de jugar, dejé de tener niñez a partir de los ocho años para seguir una carrera difícil y exigente, muy sacrificada, y que se debe empezar desde pequeño. A veces fue terrible la experiencia en el plano emocional. El dolor es un maestro increíble, hablo del dolor físico, del cansancio”.

El mantra de “terminar todo lo que uno emprende” la llevó a graduarse de ballet, cuando a dos años de terminar la Escuela Nacional de Arte comprendió que la actuación era presente y el futuro deseado.

El Instituto Superior de Arte (ISA) era la próxima meta. Sentía que los exámenes eran una manera de probarse a sí misma si tenía talento. Una vía para comenzar a ser Jacqueline, sin las referencias de sus padres. Selma Sorhegui, alumna del ISA, y su prima Ivonne López Arenal, le ayudaron con la preparación del monólogo que debía presentar.

Selma la ponía a correr por todo el barrio, y en medio de la carrera Jacqueline recitaba sus frases. “Mentira, mentira, mentira. No te creo”, le decía la improvisada profesora.

“No sabía si hacíamos bien o mal. Ella logró sacar esa cosa medio instintiva que podía haber en mí, y solemos llamar talento. Es lo que debe tener el actor ante una prueba de ingreso. Siento que a veces en estos exámenes piden que los jóvenes ya estén formados”.

Finalmente, aprobó las pruebas. Sus padres no se enteraron hasta el último minuto. Respecto al ISA, la considera la fuente de herramientas que ha cimentado todo lo aprendido después.

“La Academia es importante, incluso para negarla. Qué puedes negar tú si no has pasado por Stanislavski o por otras escuelas, aunque ahora, y de manera constante, los modelos de enseñanza se renuevan. El actor, en definitiva, se va armando su propio método, y no es más que tomar de aquí y de allá lo más funcional para ti. Con esto no quiero desconocer a actores empíricos que han llegado a ser grandísimos”.

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El teatro es el principio de todo para Jacqueline. En Okantomí, que en voz yoruba significa “con todo mi corazón”, creció viendo a su hermana Marta Díaz (Riri) crear. A los siete años pasó de estar sentada en una luneta a actuar en este grupo de teatro para niños. Fue su primer enamoramiento con la actuación y la ayudó a desarrollar la imaginación.

“Siendo alumna de primer año del ISA trabajé con Vicente Revuelta en el protagónico de La duodécima noche. Una obra inmensa de Shakespeare, en verso.

“Después actué con Roberto Blanco, quien fue mi maestro durante los últimos cuatro años de carrera y a quien le agradezco tanto. Sus clases estaban vinculadas al grupo Irrumpe, que desde el punto de vista profesional constituyó mi primer gran grupo de teatro. Hice mucho coro. Me tocó “lucharla” desde abajo, hasta que la actriz protagonista viaja, y yo me quedé con sus personajes; entonces pude ocupar un lugar importante dentro de la compañía.

“Luego trabajé con Carlos Díaz en una época de investigación, de realizar un teatro diferente. Con él interpreté, entre otros personajes, a Elizabeth Proctor en Las brujas de Salem, un papel que me marcó y fue un estado de madurez que me permitió mayor disfrute y dominio, otra forma de relacionarme con el público”.

En todo ese tiempo, y hasta la fecha, Okantomí nunca ha dejado de estar. Unas veces intermitente, en otras más presente. Hermosas remembranzas atesora del grupo, como la primera actuación de su hija Camila en El octavo color, dirigida por Riri. Con solo cuatro años de edad la pequeña acompañaba en escena a sus padres — Jacqueline, y el actor Mijail Mulkay — .

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Un destello de mirada verde, compartido por varias vidas, pervive en la memoria colectiva de la nación cubana. Una mirada inolvidable, de mujer desafiada y desafiante. Varias mujeres que salieron de guiones y que, como punto común, anidan en la impronta interpretativa de Jacqueline. Ella ha sido gitana, luchadora de la clandestinidad frente al batistato, heredera de una fortuna en la Cuba republicana, médica de familia, tía, madre de una cantante que persiste en la búsqueda de la fama, vampiresa…

Cuatro de estos personajes de la pantalla cubana merecen un aparte:

Producida en 1991, y bajo la dirección de Eduardo Moya, llegaba la teleserie De tu sueño a mi  sueño. Rolando Brito, Irela Bravo, Alexis Valdés, Jorge Alí, Orlando Casín y Katia Caso, entre otros, daban vida a los personajes del dramatizado, ambientado en la lucha clandestina contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Una joven Jacqueline Arenal cursaba el segundo año en el ISA, se presentó al casting y quedó seleccionada. Se metía entonces en la piel de Mariana, integrante del Movimiento 26 de Julio.

“Moya era un director importantísimo, muy exigente. Tenía muy pocas herramientas para manejar aquello. El personaje, es verdad, era una mujer muy joven, mas con una experiencia de vida que yo no tenía, y que todavía no reconocía en los otros debido a mi juventud. Necesité de mucha ayuda de la dirección.

“Tuve un compañero maravilloso, Rolando Brito, mi pareja en la serie, quien quizás fue la persona que más me ayudó, pues se dio cuenta de que estaba aterrada por completo. Fue un poco también eso del ballet de que hay echar ovarios. Soy lanzada, ya me han pasado cosas que parecían imposibles y han resultado posibles. Para mí, De tu sueño a mi sueño fue un salto al vacío”.

En menos de un año llegaría la Sofía de El siglo de las luces, largometraje de ficción de Humberto Solás basado en la novela homónima del escritor Alejo Carpentier. A la altura de su tercer año en el ISA, Jacqueline tuvo que tomar una licencia escolar pues el rodaje se extendió durante un año, en diversas geografías: Rusia, La Habana, Burdeos…

“Fue un casting masivo. Me presenté sin pensar que iba a tener la posibilidad real de hacer el personaje. Me ayudó mucho Roberto Blanco, así como mi madre y mi padre, quienes me dieron bibliografía no solo de la propia novela, sino también textos para ubicarme en el contexto histórico.

Sofía es una mujer muy joven que vive situaciones intensas en el amor, y políticamente, con todo lo que está ocurriendo a su alrededor mientras acontecía la Revolución Francesa. Recuerdo que Humberto me dijo ‘Léete a Madame Bovary’. Podía tener treinta y pico o cuarenta años, era un poco mayor, pero Sofía tenía su mundo interior”.

Jacqueline recuerda que nunca le abandonó la sensación de estar asumiendo un riesgo enorme, esa gran oportunidad de la cual se sale por dos caminos: el que te salva o el que te hunde.

“Tuve baches. Me ofusqué ante mi falta de herramientas para economizar las emociones. Hago a menudo un cuento al respecto. Recuerdo una de las escenas emotivas en que iba matando en mi cabeza a los miembros de mi familia y a mis amigos, porque era el único recurso que tenía en ese momento para lograr entrar en emoción.

“De pronto vino una nube y esa escena se pospuso cuatro horas. En las cuatro horas no dejé de llorar porque no sabía cómo hacer para volver a esa emotividad. Cuando vino la grabación no pude llorar. Los productores franceses, rusos y cubanos esperando, y nada… Todo terminó en un bofetón. Solo un bofetón de Humberto hizo que rompiera a llorar y él dijo ‘Rodando’.

“Los franceses no entendían nada. Y yo le decía a Humberto ‘¡Gracias, gracias, gracias!’”.

En la década de los noventa la directora Xiomara Blanco llevó a la televisión cubana los más de 100 capítulos de Tierra Brava, una producción basada en la radionovela Media Luna, de Dora Alonso. Esta constituyó la primera telenovela de Jacqueline. Allí dio vida a Verena Contreras.

“Fue agotador. El volumen de escenas era grande, y ella era un personaje con temperamento. Los primeros días no sabía si iba a poder. Era mi estreno en este género, que después he hecho mucho. A veces empezar con un papel pequeño es una suerte, porque te vas entendiendo, poco a poco, con lo que tienes que enfrentar. Cuando te llega uno grande requiere mucho de ti. Pero lo disfruté enormemente.

“Me obsesioné tanto con ese personaje que en sueños recitaba los textos. Tiene algo muy importante para mí, y es que me conectó con la generalidad del público cubano. A partir de ahí la gente me ha dado un acto de fe. De decir ‘te creo’, incluso con virtudes y defectos. Haciendo un personaje negativo entendí qué le pasa a esta mujer por dentro. Verena y Tierra brava poseen un lugar especial en mi carrera”.

En 1997, Si me pudieras querer, con 80 capítulos de 47 minutos dirigidos por Rafael (Cheíto) González traía a Jacqueline como la doctora Marcia. Un rol que considera un oasis de sus anteriores personajes temperamentales.

“Casi no lo hago, cuando me lo propusieron tenía veinte días de parida, y quería dedicarle tiempo a mi hija. El director me dijo que no me preocupara pues demoraríamos unos meses en comenzar a grabar. Demoramos tres meses. Al final di el sí. Lo hice con muchísimo esfuerzo. Me llevaban a la niña para lactarla mientras estaba filmando. Mi mamá estaba muy grave en ese momento, entonces tenía a mi mamá muriendo, a mi hija recién nacida y la responsabilidad de un protagónico. En medio de todo eso vivió Marcia, para mí más que un personaje es una enseñanza de vida”.

Capítulo II: Colombia: una mujer se abre paso

Foto: Christian Suárez Castro / Revista Alma Mater.

La casualidad puso a Jacqueline a zanjar en un avión los poco más de 2200 kilómetros que separan a La Habana de Bogotá. El actor Mijail Mulkay sirvió de emisario del azar. Mulkay, junto al también actor Abel Rodríguez, viajó al país sudamericano como parte del casting de una nueva producción del canal RCN Televisión en la que buscaban dos roles masculinos.

A pesar de mostrar buenos resultados interpretativos, el cubano — recuerda Jacqueline — no quedó como parte del elenco de la telenovela pues era muy joven para el personaje. Luego, en una conversación con el director de casting este le comenta de un personaje que aún no acababa de encontrar. Mulkay le enseña una foto y le habla de la actriz de intensos ojos verdes. El director prometió mirar algunas de las recomendaciones de trabajos, entre ellos, El siglo de las luces.

A su regreso, él se lo comentó mas ella no le dio importancia. Pensó que sería como otra de esas posibles experiencias que no llegan a nada: “No estaba en mis planes salir de Cuba. Había estado más joven, antes de que mi mamá enfermara, trabajando en España unos años; pero desde que ella enfermó decidí venir para acá y desarrollar un poco mi carrera aquí”. Sin embargo, la llamaron.

Cuatro jornadas tenía en agenda Jacqueline para la prueba en Colombia, un ejercicio cuyo resultado definitivo casi siempre es demorado — apunta — , y que en este caso el “Eres tú” del director le llegó el mismo día. Se convertiría en Mayoli, la «Yoli» de la multiaclamada telenovela Los Reyes (2005–2006). Un fenómeno que en términos de audiencia y aceptación, si lo extrapolamos a la pequeña pantalla cubana, sería similar a Tierra brava.

Más de 15 años le ha brindado el país sudamericano en sus producciones. Títulos como Verano en Venecia (2009), Primera dama (2010–2011), Escobar, el patrón del mal (2012), Las Santísimas (2012–2013), Chica vampiro (2013), La suegra (2014), Sinú, río de pasiones (2016), Contra el tiempo (2016), Tarde lo conocí (2017), María Magdalena (2018–2019) y La Nocturna 2 (2020) forman parte de esa aventura. No obstante, el camino no ha sido de pétalos de rosas como pudiera pensarse.

El primer baño de realidad le sobrevino la misma noche de su sí en Los Reyes. El productor general le comentó que el trabajo era de un año — convertido luego en dos — , y ella solo atinó a pensar en su hija. El alma no le volvió del todo al cuerpo mientras el productor del canal le decía que si firmaba se encargaban de traer a su familia y de garantizarles una vivienda.

“Ni contenta podía estar. Recuerdo que llamé a mi hermana y le dije ‘Mira esto que me acaba de pasar’. Casi me vi en una encrucijada. No sabía muy bien qué decidir. Yo sí sabía que no salía de Cuba a hacer nada sin mi hija. Desde que me convertí en madre he dicho que ese fue mi mejor personaje, lo que más he disfrutado en la vida. Mi interés fundamental pasó a ser mi hija, y todo lo demás se le supeditaba”.

En el cambio de tono — de por qué, a por qué no — influyó su hermana Marta, quien le recordó que no estaba en ningún proyecto en ese momento, y que podría ser una experiencia enriquecedora. A su regreso a La Habana, de la tramitación del contrato por la parte cubana se encargó el Ministerio de Cultura.

“Así entré a Los Reyes, era algo que no estaba buscando y el universo puso ahí. Lo agradecí. El director de esa serie es un director de cine formado en Rusia — Mario Ribero — , además de un hombre especializado en la comedia. Hablo de la buena comedia. Por alguna razón a mí no me veían aquí haciendo comedia. No era profeta en eso en mi tierra, entonces él apenas tenía referencias mías.

“Me vio en un casting y le funcionó — la escena era de comedia — . Aprendí un mundo, aprendí también sobre el lenguaje televisivo que es diferente allá. Aunque la base es igual, el ritmo es distinto — Jacqueline chasquea los dedos al tiempo que explica — . No te hablo solo del ritmo de trabajo que es brutal y fue el doble de lo que hacía en Cuba. Nadie se imagine que es muy suave, se disfruta porque es lo que te gusta hacer pero es agotador. Son 16 horas diarias de trabajo, de lunes a sábado.

“Era la antagonista de la telenovela y eso me obligó a incrementar el rigor. A aprender casi otro lenguaje: cero pausas, acento diferente. Era una mujer haciendo comedia en un lugar que no es tu cultura. Donde me preguntaba en ocasiones “Bueno, ¿aquí dónde está el chiste?”.

“Me obligó, a pesar de las largas jornadas, a no descuidar a mi hija que llegó a un país desconocido, que le impactó durante los primeros meses y no quería quedarse. Ella lloraba todos los días, y yo hasta me planteé dejar ese primer proyecto a la mitad. Tenía que pagar una multa millonaria si me iba, pero la veía tan mal. Extrañaba a las abuelas y a la familia, a su escuela. Yo también extrañaba un montón”.

Los Reyes significó para RCN Televisión un proyecto exitoso que lo sacó de una racha de ocho años de no vencer a la competencia en el rating. Para Jacqueline fue aceptación: si aquí es Verena, en la nación sudamericana es Yoli. “Hoy tengo una carrera mucho más larga en cantidad de personajes en Colombia que en Cuba. Un personaje generó otro y otro y otro… Lo que hizo que me quedara tanto tiempo en Colombia fue que el trabajo continuó fluyendo bien”.

Y en el momento de esa encrucijada inicial, cuando el personaje de la Yoli era ya una realidad, ¿no pensó que el público cubano podría olvidarla?

“Sí, esa idea y ese temor estuvieron presentes. Estaba un poco atada, no solo por el trabajo, también por la escuela de mi hija. Si tenía un espacio libre de trabajo ella estaba en la escuela, y no podía interrumpir su curso.

“Así todo, venía mínimo dos veces por año, y le decía a los directores con quienes me veía: ‘Tengo muchas ganas de trabajar para el público cubano. No me quiero perder esa conexión, aunque esta experiencia sea enriquecedora’.

“El público cubano es de una fidelidad única, en Colombia eres tan bueno o tan malo como lo último que haces, y con la presencia que sigas teniendo. Se hacen tantas cosas que un actor fuera del ruedo dos años, probablemente, ya esté olvidado.

“Allí un solo proyecto es prácticamente un año, y cada vez que iba a hacer algo aquí coincidía que ya había firmado un contrato. Yo decía “Si me dan un proyecto entre una cosa y la otra, me voy a Cuba””.

Esa misma fidelidad la constató en los cubanos fuera de la Isla. La emoción era para morirse, resalta, mientras rememora aquella función de Oficialmente gay, en Miami. El telón se abrió con ella de espaldas, y todavía de espaldas desde las butacas le gritaban: “¡Es Verena. Es Verena!”.

“Se me salían las lágrimas. Cuando me giré, los aplausos fueron increíbles”, la piel se le eriza al recordar la obra escrita por Alexis Valdés en la que compartió roles con Mijail Mulkay, el actor principal.

Jacqueline refiere que la oportunidad llegó de sorpresa: tenía un espacio de dos meses sin trabajo en Colombia e iba a viajar a Estados Unidos a visitar a su hija, quien pasaba una temporada con su padre. Alexis lo creyó el momento preciso para hacerla partícipe de esta comedia, que llevaba más de un año en cartelera, y con la sala a full.

“Iba en el avión estudiándome la obra. Temblaba porque sabía que me reencontraría con un público muy importante para mí. Y con personas que nos queremos mucho y nos exigimos mucho. Un extraño resulta menos intimidante que alguien con quien has compartido experiencias, y es importante no defraudar eso.

“La ovación fue tan grande que paramos la obra. Iba a continuar con los textos pero me dije: “No puedo, con tanto aplauso no se va a escuchar”. Hice un aparte, algo que nunca se hace en el teatro, y violé la cuarta pared. Me giré al público, toqué mi corazón y di las gracias, porque aquel era un aplauso infinito”.

¿Por qué cree usted que hay actores emigrados que triunfan, y otros que no?

“No es una sola cosa. A mi hija, acabada de graduar de una universidad en España, le digo que como a la oportunidad la pintan calva uno tiene que prepararse en todos sentidos para poder aprovecharla; porque una de las cosas es que llegue la oportunidad, y no le hayas metido lo suficiente. Ese primer trabajo es el que te enlaza, sobre todo en un lugar donde no te conocen, ese primer trabajo está hablando por ti. Ese es tu comienzo, tengas 40, 50, 35 o 16… Por otro lado, hay lugares más difíciles que otros para que esa oportunidad se dé. También está el factor suerte.

“Mi único consejo sería ‘De la suerte no podemos hacer nada. De lo diseñado para nosotros poco sabemos, pero sí podemos prepararnos’. Tampoco debemos infravalorar a nadie. A veces siento que los actores cubanos vamos a los lugares diciendo ‘Nos la estamos comiendo. Estamos muy bien preparados. Aquí no tanto, esto es Latinoamérica’.

Y sí, estamos muy bien preparados, pero ellos también. Sin tener una universidad, ves actores de 15 años que, con la mitad de lo que le pagan por un personaje, van a un taller en Argentina, en Nueva York, en Cuba. Se preparan de otra manera, y la competencia es dura, en donde quiera. Hay que trabajar duro”.

Teniendo en cuenta su experiencia en Cuba y en Colombia, y estas dos maneras distintas de producir audiovisuales, ¿qué salvaría de ambas experiencias? ¿Qué cree que deberían superar?

“Si bien en ocasiones realizamos proyectos con grandes limitaciones, donde hay que inventar demasiado y contamos con menos recursos, no estamos a expensas de la publicidad. El mundo comercial pone las reglas, según lo que creen personas que no son artistas. Mientras haya rating hay publicidad, y la publicidad paga la televisión.

“Todavía aquí tenemos la posibilidad de que los directores y los productores se enamoren en proyectos que, a lo mejor, en otros lados costaría años hacer. En otro lugar dirían ‘No, eso no es comercial’ o ‘No, porque la televisión es para gente pobre, y yo considero que a la gente pobre este tema no le interesa’. Salvaría eso de nuestra televisión.

“A veces aquí percibo cierto acomodamiento en el hecho de ‘Bueno, esta es la novela que tenemos. La vamos a hacer y el público la va a ver de todas maneras porque hay dos, tres opciones’. Siento que baja el rigor porque tienen la audiencia garantizada, aunque he visto también propuestas muy buenas.

“A la vez, esa otra manera de producir — colombiana — está poniéndote a crear de manera constante, a cambiar, a cuestionarte. Estás en una cuerda floja, y esa cuerda floja no te deja acomodarte. Si pudiéramos combinar ambas experiencias sería ideal”.

Capítulo III: De vuelta a casa

Foto: Jorge Alfonso Pita / Revista Alma Mater.

Para Jacqueline, la vida resulta una sumatoria de ciclos que, en todos los sentidos, se van abriendo y cerrando. Volver a Cuba, hace casi tres años ya, no fue solo saciar la añoranza de participar en proyectos en su país, sino regresar igualmente a sus seres queridos y a su casa — condición que trasciende el mero hogar físico e incluye al grupo Okantomí y a sus raíces.

Considera que estar en Cuba ahora es parte de un viaje interno, de vivir de nuevo en su tierra ese peligro emocionante que es cada nuevo trabajo.

“Tenía ganas de volver a mi gente. Mi familia es muy chiquita pero emocionalmente siempre he estado muy ligada a ella. En Colombia debí aprender a lidiar con una zona de soledad muy fuerte. Desde hace dos o tres años estaba pensando en poner mi base aquí, como dice la canción de Carlitos — Varela — , “de vuelta a casa”, aunque por supuesto, seguiré realizando trabajos fuera siempre que se dé la oportunidad de un buen personaje.

“Me ha hecho bien este retorno. Cada decisión conlleva un sacrificio, había zonas en pausa y sentía que había sacrificado demasiado a Jacqueline, a la mujer, a la hija, a la hermana. Ha llegado el momento de pensar en mí, en el ser humano que soy, y que incluye a la actriz, obviamente. Mi historia sentimental, familiar, como mujer, ha renacido”.

A raíz de este regreso, ¿qué opinión le merece el estado del escenario actoral cubano?

“Veo varias generaciones de personas talentosas, a quienes estoy descubriendo en el teatro y en la televisión. También hay actores consagrados de mi generación a quienes me agrada ver de nuevo, y sentir que en este país hay un talento enorme. Siento que faltan proyectos para la cantidad de talento que se ha graduado, que se ha interesado en hacer arte. Y extraño mucho el cine cubano.

“Es difícil opinar de algo si te has distanciado por un tiempo, y no estás metida adentro. Puedes equivocarte. Sin embargo, veo proyectos que no me gustan y no creo que sea un problema de dinero. Me pregunto dónde están tantos profesionales que sé, están escribiendo cosas interesantes; o los capacitados para filmar, con el uso de las técnicas, proyectos de televisión con un lenguaje moderno y dinámico”.

Una de las frustraciones de Cuba como nación es su relación con la comunidad emigrada. ¿Un contrato en el exterior puede, hasta cierto punto, invisibilizar dentro del país? ¿Cómo funciona en el ámbito de la actuación? A su regreso, ¿el tiempo fuera ha condicionado las posibilidades de trabajo dentro de Cuba?

“Nunca he entendido esta fractura. La gente va por el mundo, y eso no pone en cuestionamiento ni su talento ni sus principios. ¿Porque vayas a trabajar a otro lugar significa que ya no eres de aquí?, o que por esa decisión ya no tengas las mismas oportunidades. Esto debería ser un flujo natural y espontáneo que no tuviera consecuencias de otro tipo.

“Para desarrollarse, nuestros científicos — cuya labor es maravillosa — viajan por el mundo entero e intercambian con especialistas de otros lugares…

“No puedo decir que yo haya tenido problemas para salir a trabajar. Este primer contrato que te comenté se gestionó a través del Ministerio de Cultura. Estuve todo el tiempo pagando impuestos a Cuba por mi trabajo en el extranjero. O sea, estuve produciendo para mi país.

“Sin embargo, hay algo interesante, esos años de trabajo, aunque estuve pagando impuestos, no me generan retiro. No me lo generan en Colombia porque no empecé allí, y los años de aquí no me los cuentan. No me lo generan en Cuba la cuenta de todos los años que he trabajado porque no he estado aquí. Es algo rarísimo.

“Entonces, ¿dejas de existir porque te mueves? No. Tú eres una continuidad de todo lo que haces. Este es mi lugar, y ese viaje que hice hacia mí es una decisión y no me la pensé ni dos veces. Tampoco nadie me dijo que no lo podía hacer.

“No te podría decir que a mí me hayan excluido, pero tal vez las ofertas no son las mismas, y vienen de personas que ya han trabajado conmigo, que me conocen; con las que me he mantenido en contacto, y de pronto me avisan de un casting. Pero el flujo de antes se cortó un poco, y no sé si es porque no saben si estoy o no aquí, o si estoy dispuesta a trabajar, que sí lo estoy”.

En las condiciones económicas en que se desarrolla la Cuba actual, y mediada por la experiencia de Colombia, ¿cree usted que los actores puedan sustentarse con los montos recibidos por los proyectos en los que se desempeñan?

“Me haces esta pregunta en un momento donde todo ha cambiado. Es cierto que los salarios subieron; al igual que los precios, enormemente.

“Para no hacer estadísticas sobre los demás, en mi caso cobro por el grupo Okantomí donde trabajo toda la semana. Es un salario que me ayuda pero que no me sostiene al 100%. Me parece que la única solución para compensarlo es que tuviera dos o tres trabajos al tiempo. Y estamos hablando de una vida normal, tendiendo a la austeridad”.

Los actores y actrices tienen que enfrentar estereotipos como ‘No es necesario tener talento, sino verse bien’ o ‘Le dieron el personaje por ser una cara bonita’. En su caso, usted ha tenido que lidiar con el epíteto de ‘el rostro más hermoso de la televisión cubana’. ¿Cómo media esto en el desarrollo de una carrera actoral?

“Desde muy joven lo consideré un obstáculo. Yo esperaba que me hablaran de mi trabajo, y la gente se iba en ocasiones por la estética. Sostenerse en esta carrera es muy difícil y siempre será a base de resultados, además de que la belleza juvenil pasa. Si no te has construido un trabajo como actor, ¿qué pasará cuando esa apariencia cambie?

“¿Por qué una condición física debe decidir si alguien es buen o mal actor? ¿O si estás o no en un proyecto? Ahora, que para determinado personaje te haga falta una mujer bella o voluptuosa, vieja o joven, eso se entiende. El casting de ese personaje lo necesita. Todo lo demás hay que resolverlo a golpe de talento, y uno solo debería ser juzgado por sus resultados.

“Por ahí existe la creencia de que lo que nos han vendido como belleza, tan relativa, no viene acompañada de inteligencia. Hay personas que te desestiman, tanto público como creadores, porque consideran que si tienes determinada apariencia agradable no tienes talento, y llegaste ahí por otras vías. Eso es terrible.

“Ahora soy una mujer con madurez, más centrada y con viaje actoral largo, pero estuve insegura por mucho tiempo porque estos mitos te los llegas a creer. En la experiencia en Colombia, que no llegó en mi primera juventud sino a los 35 años, tuve que descomponer lo que pareciera bonito. Mi primer personaje era 10 años mayor que yo, y el segundo, 20. Lo agradecí. Era luchar con lo que traes, con tu poco o mucho talento”.

Los actores y las actrices son personajes públicos, ¿cómo convivir en las redes sociales y que sus publicaciones no sean tergiversadas o usadas por terceros para fines ajenos?

“Las redes sociales son una gran ventaja si las sabes usar, o un gran peligro. Lo sabemos. Hay que responsabilizarse con lo que se publica. Que las publicaciones no sean solo para ganar seguidores, sino que digan algo de ti, de lo que piensas y defiendes, de lo que te importa. Es todo un reto. Solo aspiro, que no pasa a menudo, a que el lector vaya a tu mensaje real.

“En internet cualquiera puede colgar algo sobre ti, manipular, tergiversar… Es bastante incómodo. No tienes poder sobre eso y, además, permanece la vida entera. No sé si algún día aprenderé a lidiar con este tema”.

En una obra, ¿es sinónimo popularidad de calidad artística?

“Voy a partir de mi propia experiencia para no criticar a los demás. No siempre me he quedado contenta con mi trabajo. Hay algunos proyectos que me gustan mucho, otros me gustan menos y unos nada. A lo mejor uno de los que no me gusta nada ha sido tremendamente popular, y ha logrado un rating enorme. Eso no significa que el trabajo esté bien hecho.

“La popularidad tiene un valor, pues permite a las personas identificarse con la obra. Ya sea porque se trata un tema que hace rato no se tocaba, y es importante exponerlo; o porque mucha gente se vio reflejada. Todo esto puede provocar una conexión, lo cual no exime al crítico ni al mismo público de tener un estado de opinión con el resultado total de la obra”.

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La segunda temporada de Rompiendo el silencio, serie dirigida por Rolando (El Chino) Chiong, marca el regreso de Jacqueline Arenal a la televisión cubana. La veremos en «Cadena», uno de los 11 nuevos capítulos anunciados.

En el tráiler del dramatizado — que aborda temas como la violencia de género, la homofobia vista desde la paternidad, la violencia sexual entre hermanos, y a víctimas convertidas en victimarios — se ve a la actriz en la piel de una mujer violentada por su esposo.

La serie, donde comparte protagónicos con el actor Jorge Perugorría — quien asume el rol del esposo maltratador — tenía previsto su estreno en el verano de 2020. Después se pospuso, primero a inicios de septiembre y luego a finales de ese propio mes. La premier de su último episodio, «Con causa», tuvo lugar en enero de 2021 en el habanero Cine Chaplin, y las noches del próximo mes de marzo parecen ser quienes acogerán la presentación de los audiovisuales.

Para Jacqueline Rompiendo el silencio 2 reúne temas importantes que la sociedad tiene que ver. “Estoy en contra de la violencia. Cada vez que alguien pasa por esa experiencia le digo ‘Hay que denunciar’. Y la serie va hacia eso. Me gustó, del mismo modo, hacer un personaje en el que como estoy tan maltratada me descompongo físicamente. Es un poco jugar a lo contrario, y aquí no lo he hecho lo suficiente. Jugar al deterioro. Más que de apariencia, es hablar de emociones y de conflictos. Este proyecto amplía el diapasón de asuntos que debemos visibilizar, dialogar y transformar”.

Profunda creyente de la Ley de la Atracción, su deseo de rodar a las órdenes del cineasta Fernando Pérez resulta una de las más recientes alegrías de su carrera. La película está basada en un guion del director de Clandestinos (1987), Suite Habana (2003) y José Martí: El ojo del canario (2011), en el que un personaje adolescente hila tres historias.

“Estoy en una de ellas, con un papel bastante diferente a lo que me han ofrecido en el cine. Ni mejor ni peor. Es eso que me gusta de desempeñar un personaje que aún no he hecho. Me encantan los resultados de Fernando, el ser humano que es y, además, me seduce como dirige”.

Okantomí ha sido una constante en los últimos tres años de Jacqueline. En el grupo teatral actuó de pequeña, y de adolescente, cuando la mayor parte de su día giraba entre pliés, relevés y elancés. Ahora mueve su corazón con las dosis extra de adrenalina, emoción y responsabilidad que implica conducir a una joven actriz en el monólogo Azulejos, escrito por Graciela Peña. “Okantomí es una parte importante de mi vida actoral. En la actualidad me ha ofrecido la oportunidad de dirigir. Desde que soy una niña no me ha abandonado nunca ni yo lo he abandonado a él”.

Cercanos en su agenda profesional están un grupo de talleres, que impartirá a jóvenes actores y a otros con más tablas que quieran compartir el ejercicio de nuevas técnicas. También, se encuentran una serie con Netflix y otra con un canal colombiano; asimismo, espera por un proyecto con RTV Comercial, dirigido por Mariela López, y que aún no se ha concretado por cuestiones de producción.

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¿Cuál es la Cuba que anhela Jacqueline Arenal?

“Contrastar el mundo te hace valorar ciertas cosas de las que, a lo mejor antes, no tenías tanta conciencia de su importancia. Estoy hablando, sobre todo, de obras sociales, humanas, de obras a nivel de formación nada fáciles de conseguir. No quiero negar estas cosas que a lo largo de la vida, y después de contrastarlas mucho, son muy valiosas.

“Aspiro a una Cuba inclusiva, donde los juicios de valor vengan de los valores humanos que tengan las propuestas de la gente. Donde no queramos hacer el país en otro lugar que no sea aquí; ese país que soñamos, y no solo el que sueño yo sino el que soñamos todos. Que todos estemos incluidos ahí, que podamos hacer la mejor versión de eso que soñamos, y no tengamos que salir a buscarlo a otros lugares.

“Y, por supuesto, salvando siempre lo que se ha caminado y hemos comprobado que vale la pena”.

En video, Jacqueline Arenal habla sobre sus experiencias en Cuba y Colombia: