Foto: Radio Cubana
Hay muertes que no se anuncian con estruendo, sino con un silencio espeso, difícil de nombrar. La partida de Alden Knight es una de ellas. No porque su vida haya sido discreta —todo lo contrario—, sino porque su presencia estaba tan integrada al paisaje espiritual de la nación que cuesta asumirla ausente.
Alden no se va del todo: se queda en la memoria sonora de la radio, en los gestos de la televisión en blanco y negro, en la ética del oficio, en la palabra dicha con rigor y con amor.
Hablar de Alden Knight es hablar de una entrega sostenida, de una fidelidad sin alardes, de una obra construida día a día, sin estridencias, pero con una profundidad que solo alcanzan los que entienden el arte como servicio.
Nació en 1936, con raíces jamaicanas y un destino marcado por el desplazamiento: de Camagüey a Guantánamo, del oriente a La Habana, de la radio a la televisión, del teatro al cine, siempre en movimiento, siempre aprendiendo.
En Guantánamo comenzó todo, en una emisora local, CMKS Radio Savón, donde un joven Alden —más atrevido que seguro— se lanzó a recitar poemas. Él mismo lo decía con humor: fue “la cara dura” la que lo empujó. Pero detrás de esa frase había algo más profundo: la intuición de que la palabra dicha con verdad podía abrir caminos.
Guantánamo fue el inicio, pero La Habana sería el escenario decisivo. Llegó a la capital sin recursos materiales, con miedo escénico y con una voluntad que no pedía permiso. Ganar La Corte Suprema del Arte no fue solo un premio: fue un empujón histórico que lo decidió a quedarse, a apostar su vida entera a la creación.
En 1957 formó junto a Asenneth Rodríguez uno de los dúos declamatorios más sólidos y refinados de la escena cubana, llevando la poesía de Nicolás Guillén —y de otros autores esenciales— a escenarios nacionales e internacionales. Aquello no era simple declamación: era teatro, era conciencia, era nación puesta en voz.
Alden Knight fue actor en el sentido más amplio del término. Actor de radio, de televisión, de teatro, de cine. Actor cuando la técnica no permitía errores y todo se hacía en vivo, obligando a una concentración absoluta, a una entrega total. Actor capaz de asumir desde el drama más intenso hasta el humor, desde el policial patriótico hasta el universo infantil, desde el personaje histórico hasta el payaso —ese rol que, como le enseñó Erdwin Fernández (padre)—, exige una seriedad profunda para provocar la risa verdadera.
Su trabajo en espacios como Horizontes, En silencio ha tenido que ser, Tía Tata cuenta cuentos, aventuras, novelas y dramatizados, forma parte de la educación sentimental de varias generaciones de cubanos. Personajes como El Manzo, Reinier, Gajisote o las múltiples figuras de Sizwe Banzi ha muerto no fueron simples roles: fueron ejercicios de humanidad. En esta última obra, dirigida por Roberto Garriga, Alden se desdobló durante una hora en doce y hasta quince personajes, demostrando una maestría actoral que trascendía cualquier artificio técnico.

Foto: Bohemia
Pero Alden no se conformó con interpretar. Estudió dirección de televisión en un exigente curso del ICRT y dirigió espacios como Teatro ICR, Escriba y Lea y Última hora, programa que además conducía. Nunca se sintió atraído por la producción como especialidad; prefería, decía, la dirección de actores, ese espacio íntimo donde se acompaña, se guía y se descubre. Esa elección revela mucho de su ética: Alden creía en el crecimiento del otro.
Esa vocación pedagógica encontró su cauce natural en la entonces Escuela de Formación de Actores, donde compartió aulas con Alejandro Lugo y Alfredo Perojo. Allí enseñó y aprendió, formando a jóvenes que luego nutrieron con éxito los elencos de la radio y la televisión cubanas. Muchos lo citan hoy como referente, no solo por su talento, sino por su manera de estar: noble, sencilla, profundamente respetuosa.
Foto: CMHW
Durante casi cuatro décadas, su voz acompañó a los oyentes de Radio Taíno en el espacio Hablando de Cuba. Junto a Obelia Blanco —compañera de escena y de vida artística— creó un formato único donde actuación y locución se entrelazaban con rigor y sensibilidad. Ese programa no fue solo un éxito radial: fue una declaración de amor al país. Hablar de Cuba, todos los días, con conocimiento y con afecto, también es una forma de patriotismo.
Alden Knight fue un hombre comprometido. Integró brigadas artísticas que llegaron a los territorios más intrincados del país, como Pinar del Río tras el huracán Gustav en 2008. Defendió con firmeza la imagen afrocubana frente a prejuicios y colonizaciones culturales. Celebró que, tras 1959, actores y actrices negras encontraran un espacio legítimo en la televisión nacional. Entendía el arte como una herramienta de transformación social.
Su presencia en el cine —El otro Cristóbal, El Bautizo, El otro Francisco, Una mujer, un hombre, una ciudad, Lejos de África— completa un recorrido artístico difícil de igualar. A ello se suman giras internacionales, fundaciones teatrales, incursiones en el teatro musical y hasta la composición de canciones, como Amor en Trinidad, faceta menos conocida pero reveladora de su inquietud creadora.

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Los premios llegaron —Premio por la Obra de la Vida de ACTUAR, Premio Alejo Carpentier, Premio Nacional de Televisión—, pero Alden nunca trabajó para ellos. Trabajó para estar a la altura de sí mismo y de su país. En una de sus últimas entrevistas confesó que la televisión cubana era casi todo para él, porque a través de ella fue conocido en todo el país. Y también dijo algo esencial: que la televisión, como el arte, está hecha para mostrar las dos caras de la moneda, para combatir lo mal hecho y ayudar a transformar la sociedad.
Alejado de las cámaras en sus últimos años, siguió siendo el mismo hombre jaranero, empático, atento a los jóvenes, dispuesto a aconsejar, a leer, a memorizar poemas, a preparar nuevos espectáculos. Los deseos de trabajar nunca lo abandonaron; solo las fuerzas comenzaron a poner límites.
Hoy, cuando Alden Knight ha partido físicamente, queda su legado. Queda su voz. Queda su ética. Queda la certeza de que fue —y seguirá siendo— un caballero del arte cubano, un hombre fiel a la Patria sin consignas vacías, un creador que entendió la cultura como un acto de responsabilidad histórica. Su rostro es entrañable porque nos mira desde adentro. Desde ese lugar donde el arte no se exhibe: se entrega.
