Un estudio publicado en Nature en 2026, realizado con 2 000 participantes alrededor de las elecciones estadounidenses de 2024, encontró que los sistemas basados en interacción amplificaban contenido emocional, moralizante y tóxico.

Cada vez que un político convierte una propuesta compleja en un video de veinte segundos, una provocación o un meme, puede parecer que simplemente está modernizando su campaña. Pero ocurre algo más profundo. Los partidos ya no usan las redes sociales únicamente para distribuir sus mensajes: modifican los propios mensajes para ajustarse a las reglas que deciden qué vemos. La política aprende a hablar el idioma del algoritmo.

Un algoritmo no es bueno ni malo por sí mismo, como tampoco lo es una receta para hacer un flan. Es un procedimiento racional: recibe información, aplica unas reglas y produce un resultado. La cuestión política es quién escribe la receta, qué ingredientes selecciona y qué resultado busca. En TikTok, Instagram o X, empresas privadas han diseñado sistemas de recomendación cuyo negocio depende, en buena medida, de mantener nuestra atención para convertirla en ingresos.

Los partidos políticos, particularmente los de derecha, conocen esas reglas. Los programas extensos ceden espacio al soundbite (frase breve diseñada para circular); la provocación se convierte en rage-baiting (contenido concebido para provocar ira), y el dirigente compite con celebridades e influenciadores por segundos de atención. No hace falta imaginar una conspiración tecnológica. Un estudio publicado en Nature en 2026, realizado con 2 000 participantes alrededor de las elecciones estadounidenses de 2024, encontró que los sistemas basados en interacción amplificaban contenido emocional, moralizante y tóxico. El incentivo económico termina moldeando el discurso político.

En América Latina, esa dinámica se mezcla con personalismo y crisis de representación. El profesor Pavel Sidorenko Bautista, investigador de la Universidad de La Rioja, señala en la revista Perfil la campaña de Abelardo de la Espriella en Colombia, donde la estética del político se aproxima a la del creador digital más superficial y explica por qué el mandatario regala pelotas a los sobrevivientes del terremoto que asoló a su país, en vez de enfrentar como adulto responsable la emergencia sanitaria.

Pero aceptar que las plataformas han construido ese terreno no significa abandonarlo. Si allí están millones de personas conversando, informándose, divirtiéndose y también haciendo política, sería suicida que una alternativa transformadora regale ese espacio. Debe disputarlo. Zohran Mamdani entendió esa dimensión en su campaña por la alcaldía de Nueva York. Acudió a conversaciones con creadores digitales y utilizó formatos propios de Instagram y TikTok, incluidas pequeñas historias audiovisuales dirigidas al voto latino. Adaptarse al medio no obliga necesariamente a aceptar el contenido político aparentemente más «popular».

Ahí está la diferencia decisiva entre someterse al algoritmo que ha sido diseñado por las plataformas imperiales o disputarlo. La izquierda puede aprender cómo circulan los mensajes sin convertir la ira en su combustible permanente; puede utilizar videos breves para movilizar la atención hacia explicaciones más profundas, incorporar sus proyectos políticos a las nuevas comunidades digitales y transformar alcance en participación. Renunciar a esos espacios porque pertenecen a corporaciones privadas equivaldría a dejarles también la conversación que ocurre dentro de ellos.

Francamente, no me gusta la expresión «dictadura del algoritmo», porque corre el riesgo de atribuirle voluntad política a una receta técnica que no la tiene. No vivimos bajo la dictadura de una máquina, sino dentro de un espacio público cada vez más privatizado, gobernado por modelos de negocio que convierten la atención en mercancía y al que los propios actores políticos se han adaptado. Esa formulación permite señalar responsabilidades concretas y, al mismo tiempo, conservar una idea fundamental: esas reglas no son naturales ni inevitables. Pueden regularse, modificarse y, sobre todo, disputarse.