Aquel parque de barrio, frente a la escuelita primaria, parece un lienzo en las mañanas, adornado con pañoletas rojas y azules, camisas blancas y faldas y bermudas rojas. En las tardes, otros niños, o los mismos de antes, protagonizan el dibujo de un día cualquiera, jugando a juegos viejos y juegos nuevos. Un parque de barrio es el lugar donde nacen, anidan y conviven sueños. ¡Qué triste se vería si de un plumazo la pintura cambiara! 

Entre esos mismos niños, ya convertidos en hombres, habrá quien enseñe la marca de la vacuna que le pusieron al nacer, otros contarán historias de acampadas y matutinos especiales, algunos dedicarán sus triunfos a los maestros que –aunque ellos nada tenían para ofrecer– aquellos les dieron las llaves del conocimiento.

Hay otros rincones del mundo –de los que los cubanos solo conocemos por las noticias– donde los niños han cambiado juguetes y libros por armas; las escuelas son cuentos de fantasía; los hospitales parecen quimeras y en los parques se les ve deambular entre piedras y huesos, en el asfalto caliente tras el impacto de los misiles. En Palestina, por ejemplo, han de creer los más pequeños, que el alfabeto y las tablas de multiplicar no son para ellos.  

Se sabe de sitios –como Irán y Rusia– donde, mochilas, maestros y jovencísimos estudiantes, han quedado reducidos a cenizas y escombros, porque no puede decirse que en las guerras todas las bombas caen sin nombres. Cercenar de una vez el futuro es también estrategia.

Abundan las noticias –en medios de prensa de EE. UU.– sobre niños que van a la escuela y no regresan, gatillos de los que tiran seres desalmados, balas donde debería lucirse la estrella de alumno ejemplar.

También «hacen la noticia» los niños separados de sus padres por el ice: el fruto amargo de las deportaciones y los inmigrantes parece derramar su ácido jugo sobre los hijos.

Por eso, aunque el parque de mi barrio –oficio de Patria– no sea perfecto, en él se sienta con tranquilidad una embarazada a esperar su turno en el consultorio, y esperan los padres a sus pequeños, seguros de que volverán a sus brazos con vida. La paz que tiene mi parque de barrio grita, en el bullicio de la infancia que, aunque la fatiga desaliente, no hay más deber que proteger a los niños, el futuro, que es lo mismo.